Parroquias de Alcadozo y Liétor: EL EVANGELIO DE HOY, 5 DE AGOSTO

EL EVANGELIO DE HOY, 5 DE AGOSTO

MARTES DE LA SEMANA XVIII


EVANGELIO
Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.»
Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.» Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar, apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto, y cuantos la tocaron quedaron curados.
Mateo  14, 22-36
COMENTARIO

No se si han oído hablar alguna vez del efecto Dunning-Kruger (les prometo que existe, no me lo he inventado esta noche). Se trata de una manera de ser de las personas, según la cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas. Como consecuencia de esta manera de ser, miden sus capacidades por encima de sus posibilidades reales.

En el fondo se trata de una “inhabilidad”, de una incapacidad,  es decir , de una especie de enfermedad que les incapacita para reconocer su propia ineptitud.  Esto lleva consigo que ni pueden ni saben valorar su habilidad real, porque eso debilitaría su propia confianza.

No, en serio, no quiere ser este comentario unas notas de psicología social. Lo traigo al texto porque creo que explica muy bien el evangelio de hoy. Refleja este episodio, situado justo después del acontecimiento del pan y de los peces, la soberbia de una iglesia crecida que por ver a muchos reunidos pensaban que ya habían triunfado. Los discípulos, solos en la barca, de feria en feria,  sin el espíritu de Jesús con ellos, acaban fabricándose sus propias ilusiones, que se convierten en fantasmas cuando se toma conciencia de la inmensidad del mar y de lo pequeño de nuestras personas.

Por eso, sólo reconociendo de nuevo al Jesús que quiere hacerse el encontradizo en las encrucijadas de nuestros anhelos y nuestras fragilidades, vuelven a recuperar la confianza perdida. Quizás ellos aprendieron que nuestra confianza, es proporcional a nuestra humildad. A más fe más humildad; a más orgullo, más incompetencia.

También es verdad que en medio de nuestros dramas personales aparecen los cantamañanas de siempre, los “pedros de turno” que pretenden hacerse espectaculares a costa de los otros: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Pero se hunden y nos hunden. Menos mal que siempre queda la actitud del maestro de galilea invitándonos a conocer los límites de nuestros orgullos: “Pedro, «¡Qué poca fe!”