Parroquias de Alcadozo y Liétor: SOBRE EL JOVEN RICO Y LA GRACIA DE DIOS

SOBRE EL JOVEN RICO Y LA GRACIA DE DIOS



Alguien se acerca a Jesús y le pregunta por el «bien» que debe practicar para alcanzar la futura vida eterna. Este tema se encuentra en la tradición bíblica: el bien es la voluntad de Dios, que está expresada sobre todo en la Ley. Queda así indicado el tema de la sección. Se trata de lo que es necesario para «entrar en el reino de los cielos» (v. 23). Jesús enmienda la pregunta del rico: el bien, lo bueno, ya se conoce. Dios, el único bueno, lo formuló válidamente en su Ley. Jesús no es, por tanto, alguien que haya formulado algo suplementario a lo que era considerado en el judaísmo como ideal de lo bueno, sino que es aquel que cumple la Ley y los Profetas (5,17). Por eso reenvía al interrogador a la Torá, a la Ley.

La pregunta «¿cuáles?» permite a Jesús enumerar algunos preceptos del Decálogo, cuya secuencia corresponde a sus propias antítesis (5,21-30). En estos preceptos que afectan a la vida cotidiana se trata de honrar a Aquel que es único bueno. A los preceptos del Decálogo agrega Mateo el precepto del amor al prójimo, de acuerdo con Lv 19,18, que para él es un precepto «principal» (22,36-39).

Solo ahora califica Mateo al interrogador como «joven» (el término neaniskos da idea de un joven que tal vez no ha cumplido aún los 30 años). ¿Por qué lo presenta Mateo como «joven»? Por una parte, podría ser una realidad histórica que fuesen principalmente jóvenes los que rompían con la familia y renunciaban a sus bienes para hacerse radicales itinerantes en el seguimiento de Jesús. Por otra parte, Mateo puede hacer así un juego lingüístico con las edades humanas: el joven ha de hacerse adulto, hombre maduro (= «perfecto») y declara ahora a Jesús haber observado todos los mandamientos. ¿Qué pensó Mateo de la respuesta del joven? El que ha leído el sermón de la montaña sabe que los preceptos del Decálogo, pero principalmente el mandamiento del amor, son un reto infinito para el ser humano, de suerte que no hay ninguna posibilidad de acercarse a ellos y darlos por cumplidos. Parece, no obstante, que Mateo tomó en serio y positivamente a aquel hombre, ya que buscaba a su modo «lo mejor» (cf. 5,20). El joven pregunta a Jesús qué le resta en el cumplimiento de los preceptos. Jesús menciona al joven un mandato adicional que debe cumplir para ser «perfecto»: la venta de sus bienes. A ello va ligada la invitación al seguimiento.

La «perfección» es algo fundamental para Mateo. Él no se refiere, como los griegos, a una perfección orientada en el sentido del conocimiento verdadero y la virtud verdadera; Mateo está inserto en la tradición lingüística bíblica y judía. En ella, «perfección» designa la obediencia íntegra e indivisa a Dios. Así pues, perfecto en el sentido de Mateo no es aquel que recorre un camino que le lleva finalmente a la perfección, sino quien sigue a Jesús; ese es el perfecto. El texto, y el lugar paralelo 5,48, muestran que hay tres aspectos importantes para Mateo:

1) La perfección entraña un momento cualitativo que va siempre implícito en el amor: perfecto es quien entiende y luego practica un precepto de Dios en la líneadel amor a los enemigos y al prójimo, como exigencia ilimitada e indivisible (cf. 5,43-48). En este sentido, la renuncia a los bienes, propuesta al joven, es para Mt un énfasis radical del precepto del amor, que para Jesús no conoce límites. La perfección consiste, pues, primero en el amor.

2) Pero a la perfección pertenece también un momento cuantitativo: llegar a ser perfecto significa dar pasos más allá de lo normal y corriente, ponerse en un camino que refleje algo de la radicalidad de Jesús (cf. 5,20). Ahí reside también lo correcto de la pregunta «cuantitativa» del joven sobre aquello que aún le falta. La perfección consiste, segundo, en la obediencia total: la renuncia a los propios bienes en favor de los pobres.

3) A la perfección pertenece, finalmente, la adhesión a Jesús, expresada en la invitación «sígueme» y en la vocación de los discípulos (4,18-22). La perfección consiste, tercero, en el seguimiento de Jesús. Con la referencia al seguimiento, que es en cierto modo el núcleo de la perfección, queda en claro a la vez otro extremo: «perfección» no significa en Mateo algo así como el grado supremo de la carrera cristiana, un estado al que están llamados unos pocos cristianos, los «mejores». El seguimiento no es para Mateo algo que esté reservado a unos pocos cristianos especiales, sino que es seña de identidad de la condición cristiana. El joven es llamado por Jesús, por tanto, a una perfección que es meta de todos. Todos están llamados a la perfección.

La propuesta de la renuncia a los bienes es, según el evangelista, una exigencia fundamental e importante para todos. El seguimiento a Jesús exige el abandono de todo; pero en la comunidad mateana no todos eran radicales itinerantes; los miembros sedentarios que daban hospitalidad a los radicales itinerantes (10,40-42) eran, sin duda, la mayoría. Mateo entiende, pues, quizá el imperativo de renuncia a los bienes no como ley para todos, pero tampoco como consejo para unos pocos, sino como llamada a todos a ir por ese camino en lo posible, porque la renuncia a los bienes es un «punto focal» del amor. Esta culminación del amor no la entiende Mateo, en modo alguno, como algo inocuo, como si bastase con no atar el corazón a la riqueza y apartar unas migajas de lo que le sobra a uno. Para él, el tesoro en el cielo y el tesoro en la tierra se excluyen entre sí (cf. 6,19-21). Esto lo entiende el joven rico, y por eso se va entristecido.

Vv. 23-26: a la conversación de Jesús con el rico se suma la conversación con los discípulos. Estos se encuentran en una situación ambivalente: por una parte, no pertenecen al estamento de los ricos, como muestran la formulación «un rico» y, con toda evidencia, la pregunta de Pedro del v. 27. Por otra parte, se asustan con la dura frase de Jesús sobre el camello y el ojo de la aguja. Tal ambivalencia parece surgir de la situación en la comunidad mateana: de un lado, nunca tenemos la impresión, en el evangelio de Mateo, de que hubiera ricos en el núcleo de su comunidad. De otro, probablemente la mayoría de los miembros de la comunidad mateana no había renunciado a todos sus bienes (cf. 13,22), y entre los radicales itinerantes existía, al parecer, el problema de «pagar por anuncio y curaciones» (cf. 10,8-9). Por lo demás, en la conversación con los discípulos, el pensamiento básico es que hay un antagonismo radical entre los bienes terrenos y el reino de Dios que viene. El dicho de Jesús sobre el camello y el ojo de la aguja es proverbial y nombra el animal más grande y el orificio más pequeño. En Mateo, las frases paralelas «humanamente eso es imposible» y «para Dios todo es posible» tienen un peso equiparable. Que para Dios todo es posible, no significa quizá en Mt, necesariamente, que Dios vaya a superar efectivamente la regla del camello y el ojo de la aguja.

Con el v. 27 pasan los discípulos a primer plano. Su portavoz Pedro pregunta por la recompensa celestial de aquellos que, como los discípulos, lo han dejado todo y han seguido a Jesús. La idea de una recompensa celestial es algo obvio para el judío y discípulo de Jesús en Mateo (cf. 5,12.46; 6,1-18; 10,41- 42; 20,1-16). La respuesta de Jesús se produce con dos dichos diferentes. El dicho del v. 28 promete a los Doce una exaltación increíble, totalmente desproporcionada a lo que ahora tienen que abandonar en el seguimiento de Jesús. La segunda promesa del v. 29 aborda la recompensa eterna, que no se describe, pero cuyo carácter superador de todo sufrimiento terreno quiere sugerir con el término traducido por «cien veces más». Una pregunta difícil de contestar es por qué falta la esposa (¡y el marido!) entre los miembros de familia por abandonar, a diferencia de la versión de Lucas: Mateo pudo haber pensado que la ruptura de los neo-conversos, sobre todo, con los padres era relativamente frecuente (cf. 10,35.37), mientras que la existencia de parejas cristianas podía no haber sido nada insólito, incluso como misioneras.

En el v. 30, el dicho sobre los muchos primeros que pasan a ser últimos y viceversa, pone fin al tema provisionalmente. Está claro por el contexto que se trata del gran vuelco en el juicio final. Pero ¿a quiénes hay que referir los primeros y los últimos? El contexto lleva a suponer que los «últimos» podrían ser los discípulos que ahora lo han abandonado todo y un día juzgarán a Israel, y de los «primeros» formaría parte el hombre rico de los vv. 16-22. Pero Mateo no dice esto, y el «muchos» restrictivo, en lugar de un simple «los primeros», pone en guardia a los-as lectores-as. De ahí que se haya propuesto otra exégesis: Mateo quiso advertir aquí, para concluir, a los cristianos que se sentían muy seguros de cara a su futuro puesto en el cielo. Pero Mateo tampoco dice esto directamente.

Los creyentes de hoy tenemos que aprender de nuevo la existencia y el porqué de una tensión radical, para Jesús y el cristianismo primitivo, entre el reino de Dios y la riqueza. Hoy tenemos que aprender que la obediencia del seguimiento tiene que modificar sustancialmente la relación con el dinero propio, porque el dinero rige el mundo y el seguimiento de Jesús es una protesta del amor contra ese «régimen». Debemos indagar asimismo si más allá de un cristianismo medio no tiene que haber unas formas cristianas de amor y entrega muy radicales, que no se pueden exigir a todos, pero sí «aconsejar» a algunos, y que son importantes para todos porque recuerdan el reino de Dios anunciado por Jesús y pone en cuestión todo el poder del dinero. Cómo podrían ser hoy tales modos de vida alternativos, hay que repensarlo creativa e imaginativamente a la luz del texto mateano. Pero cualquier actualización que no lleve a un cambio en el ámbito de las finanzas (¡privadas y eclesiásticas!) oscurece y soslaya este texto.