Parroquias de Alcadozo y Liétor: DOMINGO DE LA TRINIDAD. EL EVANGELIO DEL 22 DE MAYO

DOMINGO DE LA TRINIDAD. EL EVANGELIO DEL 22 DE MAYO

M. Chagall
EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
–Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.

Juan  16, 12-15


COMENTARIO

Jesús, como buen judío, hablaba de su Dios como si de un Padre se tratara; hablaba de sí mismo como de alguien tan apasionado del Padre que era uno con él; como ser humano que era, hablaba de una partida próxima que lejos de dejar huérfanos a sus discípulos, les hacía crecer en responsabilidad y en experiencia de ese Padre tan amado para él.

No se trata de entender esto, se trata de conocer la experiencia que Jesús tuvo de Dios. Le concebía como Padre, se sentía Hijo, y confiaba de su permanente presencia en medio de sus discípulos a través de su espíritu.

Es verdad que esta experiencia tan propia de Jesús, la filosofía griega cristiana quiso hacerla razonable y universal y formuló el dogma del Dios, Padre , Hijo y Espíritu que litúrgicamente hoy  celebramos en esa fiesta de la Santísima Trinidad.

Pero no estamos hablando de ideas y conceptos; estamos hablando de la sencilla experiencia y convicción de Jesús. Por decirlo de otra manera: del mismo modo que nosotros no podemos hacer una fotografía de nuestros sentimientos, Jesús no pudo hacer nunca una fotografía del Padre y del Espíritu.  Sencillamente … los sentía.

¿Dónde se encuentra entonces la novedad de Jesús? Pues en que, siempre según su experiencia, dejó de sentir a Dios como juez, porque le llamó Padre (Abba-"papaíto"); a sí mismo, se concibió como hombre libre y desde su libertad entregado por amor a los otros sin reservarse nada de su vida; y consciente del valor que tenía esa manera de vivir nos ofreció su espíritu, su aliento, su empuje, su…. para que continuáramos su obra.

Lejos quedaban ya los dioses griegos, tan egoístas como inútiles; distantes… muy distantes los dioses romanos, tan guerreros como cínicos; Jesús sólo sabe vivir amando, desde un amor recibido (el de aquel a quien él llama Padre), y con la esperanza puesta en que a partir de su testimonio nadie más osará vivir sin ese amor (por eso viviremos en su espíritu y desde su espíritu).

La liturgia semanal “nos va guiando” por esta aventura íntima de Jesús. La semana pasada, en Pentecostés, los cristianos renovamos año tras año la decisión de vivir “desde” el espíritu de Jesús. La semana próxima, la del Corpus, volveremos a recordar que ese espíritu es un talante vital, una manera de vivir lo más parecido a una mesa de encuentro, donación y comunión.


Y en esta tensión, tan vital, vamos haciendo saludable y sentida nuestra existencia; es decir, la vamos salvando.

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