Parroquias de Alcadozo y Liétor: VIERNES DE LA SEMANA XV DEL TIEMPO ORDINARIO. EL EVANGELIO DEL 15 DE JULIO.

VIERNES DE LA SEMANA XV DEL TIEMPO ORDINARIO. EL EVANGELIO DEL 15 DE JULIO.


EVANGELIO
Un sábado de aquéllos, Jesús atravesaba un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Los fariseos, al verlo, le dijeron: «Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado.» Les replicó: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes presentados, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes. ¿Y no habéis leído en la Ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa? Pues os digo que aquí hay uno que es más que el templo. Si comprendierais lo que significa "quiero misericordia y no sacrificio", no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»
Mateo  12, 1-8



COMENTARIO
El evangelio de hoy tiene unas bellas resonancias espirituales. Tan bellas como inútiles si no pasamos de las palabras a los hechos en nuestro contexto cultural. El "descanso judío", el sabat, era sagrado porque en en el mito hebreo de la creación el séptimo día Dios descansó. El descanso de Dios no era una concesión a la pereza, sino la inauguración de la acción contemplativa del ser humano. Tras la lucha creadora, Dios descansa. El ser humano no sólo se caracteriza por producir; el ser humano también contempla. La contemplación de lo creado, de lo producido, de lo trabajado, pertenece a la entraña del ser humano.

Pero esto no quita para que una ley con sanas pretensiones, se tergiversara de tal modo que se convirtiera en nociva. En el propio Antiguo Testamento tenemos textos reveladores no de la esplendidez de Dios, sino de la manipulación tóxica en la que podrían incurrir los que "interpretaban su revelación"; y así leemos en capítulo 15 del Libro de los Números: 


  • "Cuando los israelitas estaban en el desierto, sorprendieron aun hombre recogiendo leña en sábado...El Señor dijo Moisés: 'Ese hombre debe morir apedreado por la comunidad, fuera del campamento?. Toda la comunidad lo hizo salir del campamento y lo apedreó hasta matarlo" (Números 15, 32-36)

Ya en tiempos de Jesus los fariseos eran especialistas en tergiversar la ley, deshumanizándola.  Y así, en sábado, no se podía curar, sólo se podía caminar unos dos kilómetros, tampoco se podía recolectar trigo... y tantas y tantas reglas sacadas del bello contexto en el que probablemente se formuló la ley de Moisés.

Jesús, con el sentido común que le caracteriza, viene a decir lo que hoy todos compartimos: hay algo que está por encima de la ley, la necesidad del ser humano y su dignidad. Pero cuando este principio lo aplicamos a nuestra cultura, resulta peligroso y desestabilizador. 

Por ejemplo, cuando el Papa Francisco cuestiona las leyes económicas que rigen los mercados y que favorecen el descarte de millones de seres humanos, es evidente que coloca a la persona por encima de los mercaderes de nuestro tiempo, y los "fariseos de turno" no tardan en tildarle de inocente, cuando no de ignorante.

Y en nuextra propia casa, en la Iglesia, cuando se cuestiona el canon 230 del código de derecho canónico por el que se impide a las mujeres, por no ser varones, ser instituidos en los ministerios laicales de lector y acólito, los "sabios y entendidos" de turno nos dicen que no tenemos suficientemente integrado en nuestra experiencia de fe la sana y santa tradición. Ojo!... que no estamos hablando del sacerdocio de la mujer!!!, sino del "oficio" de "lector" o "monaguillo cualificado" con carácter permanente (instituido); eso sí, si no es con carácter permanente las mujeres si que puede leer en la misa o ayudar en el altar.

En fin dos ejemplos, éste, de nuestra acogedora casa eclesial, aquél, de nuestra sociedad; pero dos ejemplos que ponen de manifiesto cómo las leyes, por muy legales o canónicas que sean, pueden atentar contra la dignidad del ser humano.

Cuanta razón tenía Montesquieu cuando decía que "las leyes inútiles debilitan las necesarias", o lo que es lo mismo en su versión popular, "no hay nada más peligroso que un tonto con un reglamento en la mano".















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