Parroquias de Alcadozo y Liétor: SÁBADO DE LA II SEMANA DE PASCUA. EL EVANGELIO DEL 29 DE ABRIL

SÁBADO DE LA II SEMANA DE PASCUA. EL EVANGELIO DEL 29 DE ABRIL


EVANGELIO
Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al lago, embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafárnaún.
Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando. Habían remado unos cinco o seis kilómetros, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el lago, y se asustaron. Pero él les dijo: - «Soy yo, no temáis.» Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio a donde iban.

Juan  6, 16-21
COMENTARIO

En el fondo, el texto de hoy bien podría ser utilizado por los “coaching” de oficio para sacar al menos tres o cuatro ideas claras de cómo gestionar nuestros miedos. Porque, entre otras cosas, en el texto de hoy, hay una adecuada “gestión del miedo”.

En algún momento he comentado que uno de los libros que más me ha marcado en mi vida es el de “Anatomía del miedo” de J. A. Marina. Este buen hombre identifica tres expresiones que caracterizan a la persona presa de esa actitud. En primer lugar la “sensación de vivir el entorno como una vivencia opresiva”, en segundo lugar la fijación de ver el mundo como un lugar de amenazas”; y en tercer lugar la necesidad de “tener que estar siempre huyendo porque alguien nos pilla”.

Muchas veces he pensado que como Iglesia, en occidente, hemos estado así. Como si no fuera posible “un espacio para la fe”, con un “sentimiento de continua amenaza externa” y con una vivencia no “cómoda”, casi martirial, de la experiencia de la fe. No digo yo que “ser creyente” en los espacios públicos sea fácil; ahora bien, cuando identificamos esos sentimientos, bien nos vendría leer el texto y caer en la cuenta de que, fundamentalmente, el miedo está en nosotros como lo estaba en los discípulos 

Cuando “nuestras razones” no convencen y “nuestros sentimientos” no resultan contagiantes, más que atrincherarnos ("Señor …que nos hundimos"), quizás habría que optar por la valentía, que consiste “no en echar más leña al fuego”, sino en calmar y sosegar. 


Creo que Marina concluye su libro afirmando que la única manera de gestionar los miedos es “teniendo un proyecto claro”. Y esto es lo que me parece que nos falta a los cristianos. En ocasiones nos conformamos con “llorar mucho para mamar un poquito”, cuando la solución está en “callar más y buscar lucidez”.  

PD: He recordado también una reflexión, de hace algún tiempo ya, comentando el Cuadro "La Tempestad Calmada" de J. Delacroix •••






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