Parroquias de Alcadozo y Liétor: VIERNES DE LA III SEMANA DE PASCUA, EL EVANGELIO DEL 5 DE MAYO

VIERNES DE LA III SEMANA DE PASCUA, EL EVANGELIO DEL 5 DE MAYO

EVANGELIO
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: - «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: 
- «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.» Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Juan   6, 52-59

COMENTARIO


“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna.. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… el que me come vivirá por mí”. … 


Necesariamente debemos entrar en el contexto del "judío"del siglo I para entender el lenguaje del hoy, más próximo en este caso al campo de lo espiritual que al de los gastronómico, por muy evidente que aparezca la realidad del "pan" y del "vino". 

«Cuerpo y sangre» equivalía para el antiguo Israel a «la vida». La sangre era el símbolo más fuerte de la existencia. Símbolo cuya presencia real, paradójicamente, no vemos  en la fiesta del “Corpus”.  Por ese motivo los antiguos judíos tenían prohibido comer la sangre de los animales. La sangre era la vida... y ésta pertenece a Yahvé.

Cuando sacrificaban un animal, lo desangraban cuidadosamente a fin de no consumir su sangre. Según la mentalidad judía «la expresión comer la carne y la sangre» supone una fuerte unión personal, no sólo física, sino también en espíritu, ideas y acción.

Tras la muerte y resurrección de Jesús los primeros cristianos comenzaron a repetir el gesto de la Última Cena: la Eucaristía. Cuando llevaban ya varias decenas de años repitiendo este gesto del Señor, el evangelio de Juan reflexiona sobre esta práctica ya extendida. 

Para aquellos primeros cristianos, el problema de la Eucaristía no radicaba en comprender de qué misteriosa forma Jesús podía estar presente en el pan y en el vino. El problema estaba en que muchos judíos no llegan a entender el mensaje y la "apuesta vital" fundamental de Jesús.

El auténtico problema de aquello judíos es que el “Jesús” que ellos buscaban era un Jesús poderoso que pusiera en acción sus energías milagreras y les solucionara el problema del hambre y del dominio sobre su territorialidad.  Jesús, por el contrario, buscaba personas que entendieran y se adhirieran a su proyecto de humildad, entrega y sencillez.

Para el cristiano, creer en la Eucaristía significa estar convencido de que para transformar el mundo no hay que utilizar el dominio, el poder, la violencia, la ostentación, la competencia y la riqueza... sino el camino de Jesús: la cercanía a los más sencillos, el ofrecimiento y la entrega gratuita de las propias cualidades. 

Comer el cuerpo y beber la sangre, lenguaje absoluto y radicalmente simbólico, significa identificarte con este proyecto de vida. Y eso es lo que nos decimos y celebramos mutuamente cuando “vamos a misa”.

A alguien le he escuchado decir que para comulgar no hace falta tanto “mirar hacia atrás” y ver si estamos en “gracia”, cuanto “mirar hacia delante” y valorar si nos ha caído “en gracia” el proyecto de Jesús y estamos dispuestos a llevarlo a cabo.


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