Parroquias de Alcadozo y Liétor: JUEVES DE LA III SEMANA DEL ADVIENTO. EL EVANGELIO DEL 21 DE DICIEMBRE.

JUEVES DE LA III SEMANA DEL ADVIENTO. EL EVANGELIO DEL 21 DE DICIEMBRE.

HUGO, Víctor, Les misérables, V, 6, 2.

EVANGELIO
Unos días después, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre.
Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»

Lucas   1, 39-45


COMENTARIO


 "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre".


El texto nos pone sobre aviso de algo que es común en tantas y tantas experiencias religiosas: la extrañeza y el estremecimiento, el asombro sorpresivo y la complicidad real. ¿Recordáis las palabras del centurion cuando este le pide a Jesús la curación su criado?: "No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme".


Ambos sentimientos, unidos, inseparables, indican la veracidad y la calidad de una experiencia religiosa. Muchas veces nos preguntamos de qué está hecho lo divino. Yo no lo sé. No sé decirlo, e incluso me da un poco de vergüenza insinuar una explicación. 

Confieso que es algo tan distante que la palabra no puede alcanzarlo. Pero, por otra parte, es algo tan cercano que provoca estremecimiento ("saltó la criatura en mi vientre"). Por eso, para la experiencia religiosa hace falta sensibilidad, sentido, un cierto gusto, asombro y respeto.


Nos alejamos del sentimiento religioso cuando lo "endiosamos" (y lo hacemos algo separado de nosotros), o lo "domesticamos" (lo hacemos tan connatural que nos pasa desapercibido).

Creo que "ese" divino es distancia y cercanía al mismo tiempo; "ese" divino es dicha; y "ese" divino así sentido, mas allá de nuestras limitaciones,  es señal de que estamos en el buen camino ("lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá").



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