Parroquias de Alcadozo y Liétor: EVANGELIO DEL DOMINGO 15 DE SEPTIEMBRE. SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO.

EVANGELIO DEL DOMINGO 15 DE SEPTIEMBRE. SEMANA 24ª DEL TIEMPO ORDINARIO.


EVANGELIO
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:

–Ese acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les dijo esta parábola:
Un hombre tenía dos hijos: el menor de ellos dijo a su padre:
–Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.


Recapacitando entonces se dijo:
–Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.»
Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr se le echó al cuello y se puso a besarlo.
Su hijo le dijo:
–Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Pero el padre dijo a sus criados:
–Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Este le contestó:
–Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.
El se indignó y se negaba a entrar pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Y él replicó a su padre:
–Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.
El padre le dijo:
–Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Lucas   15, 11-32


COMENTARIO

El capítulo 15 de Mateo debería ser de esos capítulos tatuados en la conciencia del creyente, pero no por ser un imperativo ético, sino más bien porque su contemplación estética serena y tranquiliza.

Los sentimientos del hijo, -"siempre hay una última oportunidad"-, o los del padre, -"nada esta nunca definitivamente perdido"-, pertenecen a la entraña de una vida que no puede renunciar a crecer en humanidad cada día.

Ensayada la perspectiva del padre en alguno de nuestros comentarios, y de la presunta madre en otro, nos atrevemos hoy con la perspectiva del hijo mayor. 

El hijo mayor es el contraste de la parábola porque lo normal en la vida es anhelar el perdón, pedirlo si se está a tiempo y ofrecerlo si uno puede. Ahora bien, el hijo mayor ni lo pide ni lo ofrece. He ahí su contraste.... y su realismo!

¿Por qué el hijo mayor es así? ... Tan frío.... No parece que se inmuta cuando su hermano se fue, ni está dispuesto a hacer nada para abrir la puerta cuando vuelve; no está dispuesto  siquiera a reñirle... ¿Por qué el hijo mayor es así?... Tan distante.

La frase que encabeza el comentario de hoy creo que es una respuesta posible a tal pregunta. El hijo mayor nunca había sentido en su vida el vacío, el desamor, la herida de la ausencia, la violencia de la pérdida....
Paradójicamente, estaba tan lleno de sí mismo  que no podía experimentar falta alguna.

Y es que, experimentar personalmente el vacío y la pérdida, parece ser condición indispensable para hacer lo posible y lo imposible a la hora de desear la vuelta y la conquista de lo que ya no se tiene.

El hijo menor siente el vacío (en el estómago); el padre siente el vacío (en el corazón); el hijo mayor...está lleno de sí mismo.

Experimentar alguna vez en la vida el vacío nos coloca en un lugar privilegiado de humanidad que, lejos de afincarnos en la desdicha, nos catapulta a la búsqueda de sentido, de perdón, de misericordia...

Pobre hijo mayor! ...tan "él mismo"... tan "seguro de sí"!


                                                            

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