Parroquias de Alcadozo y Liétor: EVANGELIO DEL DOMINGO 29 DE MARZO. SEMANA 5ª DEL TIEMPO DE CUARESMA.

EVANGELIO DEL DOMINGO 29 DE MARZO. SEMANA 5ª DEL TIEMPO DE CUARESMA.

EVANGELIO
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Juan   11, 3-45

COMENTARIO

Jesús es experto en hablar de vida aunque delante tenga la muerte. Dicho de otro modo: Jesús, consciente de la muerte, es capaz de re-leerla desde la vida. Y esto vale tanto para el asunto de Lázaro como para la cada vez más extensa y consciente realidad que nos constituye, a saber, nuestra limitación y fragilidad.

El texto de hoy, como siempre, es una genialidad literaria. Da la impresión de que habla solo de un muerto que resucita. Pero no. Lázaro es más que una persona. Lázaro es cada acontecimiento humano en el que, a simple vista, aparece precipitadamente la sensación de que nada se puede hacer, o de que nada merece la pena que se haga porque, total, nos va a dar igual.

En el texto coexisten dos actitudes: las actitudes que paran la vida, la detienen y la dificultan, por una parte; y por otra, las actitudes de superación, crecimiento y puesta en marcha de mecanismos creativos y resolutivos.

En otras palabras: la eterna lucha entre el miedo y la valentía.

Los discípulos afirman "subamos todos a morir"; las martas y marías advierten, seguro que, con la mejor intención del mundo, "si hubieras estado aquí no habría muerto...", pero "ya huele Señor..."; los judíos le espetaban: "no podías haber hecho algo para que Lázaro no muriera...".

Cuando en la vida cotidiana nos rodeamos de actitudes de este tipo, ciertamente que nos parecemos todos mucho a Lázaro. Nos cubren desde fuera, o nos tapamos desde dentro con losas insoportables. Es la actitud plañidera que todos llevamos dentro y que nos hace vivir, como diría Bauman, en una insoportable espesura de incertidumbres.

Sin embargo, está también la actitud de Jesús. Es la actitud del valiente. ¿Recordáis el evangelio de la semana pasada, el del ciego de nacimiento? Después de aquel hacer, Jesús huyó por pies de Jerusalén a la cómoda Galilea. Pero, de nuevo, en servicio a todos los Lázaros que siempre tendrán tentación de enterrarse renunciando a vivir, Jesús emprendió de nuevo el camino a Jerusalén. Primera actitud: ponerse en camino.

El valiente, no lo es porque lo pueda todo. El valiente, lo es porque admitiendo su fragilidad, ofrece su fuerza y se "arma" de valor. Por eso, en el valiente Jesús cabe la zozobra y el llanto ante el amigo muerto y, por ende, ante las vidas aplastadas por las losas que no pocas veces colocamos o nos colocamos. Segunda actitud: la empatía.

Y solo después de ese itinerario, Jesús, expresando la fuerza del Padre, grita. No solloza, ni gime, ni musita, ni lastimea, ni murmura, ni carga sobre las espaldas de los presentes la responsabilidad de haber puesto la losa... nada de eso. Jesús grita y ordena, es decir actúa. Tercera actitud: la decisión.

Disculpadme, será porque llevo varios días con baja interacción social, pero si no lo digo reviento: ¡basta ya de tanta oración de plañidera de estos días!, y que más bien ¡vivan los aplausos! por aquellos que deciden, como mejor saben, y por aquellos que actúan, como pueden. Ahora, rezar, es aplaudir.

No en vano, en la biblia, "aplauden los montes" (Isaías 55, 12), y "aplauden los ríos" (Salmo 8).

Por tanto, imitemos a Jesús en su nuevo viaje a Jerusalén: un tránsito que, de nuevo, va "del silencio a la palabra, de la palabra al llanto y del llanto a la decisión". Esto es la fe, ...creo.





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