Parroquias de Alcadozo y Liétor

LA MUJER EN EL CRISTIANISMO PRIMITIVO



El hecho de que Jesús fuera acompañado de mujeres era algo insólito entre los judíos. La mujer ocupaba un papel social y religioso marginal, de sometimiento respecto a los hombres. Lucas, que otorga un papel muy importante a la mujer, está indicando a las primeras comunidades cristiana que la mujer no debe ocupar un puesto secundario en la iglesia.

Este detalle tan sólo aparece en el evangelio de Lucas. Y es así porque se trata de un evangelio escrito para cristianos de origen greco romano; personas que no se han criado en el férreo ambiente de la religión judía. Aún así resulta bastante sorprenden- te la presencia habitual de mujeres en la misión itinerante de los discípulos. Respecto a María Magdalena (natural de la ciudad de Magdala) el evangelio de hoy nos aporta un dato importante: El texto evangélico tan sólo dice sobre ella que Jesús le expulsó «siete demonios».

Considerando este dato, no hay razón alguna para identificarla con una mujer pecadora, adúltera o prostituta, tal como se encargó de divulgar una leyenda posterior. El hecho de que Jesús expulsara de ella «siete demonios» (es decir, todos los demonios), sólo puede darnos pie a pensar que Jesús la curó de algún tipo de enfermedad psicológica.

La antigua ciudad de Magdala se hallaba situada a cuatro kmts. de Tiberias. El núcleo habitado recibía el nombre griego de Taricheae que significa «lugar donde se prepara el pescado». Eran importantes sus salazones.

El evangelio de hoy nos ofrece una enseñanza: El núcleo central de la fe cristiana no permanece cerrado en los estrechos muros de una determinada cultura, sino que se abre y se hace comprensible a todas las culturas. Esto significa que nuestra fe es «católica» (universal). Algunos elementos culturales judíos perdieron relevancia cuando la fe cristiana fue anunciada y vivida en el ámbito de la cultura greco-romana.

Deberiamos estar muy atento para no confundir el núcleo de la fe cristiana con elementos culturales propios de épocas pasadas. Cada nueva generación que irrumpe en la historia de la humanidad posee características culturales propias. Los cristianos responderán a la llamada de Dios y expresarán su fe desde características culturales que les son propias.

LA CUESTION DE LOS SIETE DEMONIOS




Como vemos, siempre que aparece María Magdalena en los evangelios es en situaciones dignas de elogio. Sin embargo a esta mujer, discípula principal del Señor, seguidora fiel, testigo eminente de su resurrección, primera apóstol, la tradición terminó convirtiéndola en una prostituta penitente. ¿Por qué? ¿Qué fue lo que pasó? 


Todo empezó con el misterioso dato que nos da Lucas sobre ella la primera vez que la menciona: “de ella habían salido siete demonios” (Lc 8,2). Los lectores se preguntaban: ¿qué quiso decir Lucas con esto? Y se imaginaron: si tuvo “siete” demonios (número simbólico que indica la gravedad de la situación por la que había atravesado la mujer), es porque su pasado debió haber sido sumamente vergonzoso y degradante. 
Pero los lectores de la Biblia siguieron preguntándose: ¿en qué momento expulsó Jesús los siete demonios de la Magdalena? Porque hasta aquí el evangelio de Lucas sólo había contado la sanación de una sola mujer: la suegra de Pedro (Lc 4,38-39). ¿Cuándo había ocurrido esta otra curación? Y creyeron encontrar la respuesta en una segunda mujer, la pecadora pública que acude a Jesús buscando el perdón de sus pecados, y que Lucas presenta justo antes de la aparición de la Magdalena. 



Los pies lavados con lágrimas 
En efecto, narra Lucas que cierto día Jesús fue invitado a comer a la casa de un fariseo llamado Simón. Mientras estaban a la mesa, entró de pronto una mujer pecadora pública, y tirándose a los pies de Jesús comenzó a llorar; luego se desató la cabellera y con ella empezó a secarle los pies mojados por las lágrimas; después se puso a besarlos y a ungirlos con perfume. El dueño de casa reconoció inmediatamente a la mujer: era una pecadora famosa de la ciudad; y se asombró de que Jesús se dejara tocar por ella. 
Pero Jesús, sabiendo lo que pensaba Simón, defendió a la mujer; y aprovechó para criticar a Simón porque, como dueño de casa, debería haber observado ciertos ritos de bienvenida cuando llegó Jesús (como lavarle los pies, besarlo, ponerle perfume), y no había hecho nada de eso; había mostrado poco amor y gratitud hacia el Señor. En cambio la mujer, que estaba allí llorando y pidiendo perdón de sus pecados, se había mostrado humilde y agradecida hacia Jesús (Lc 7,36-50). 
Terminado este relato, Lucas nombra a continuación por primera vez Magdalena (8,1-3). Entonces pareció obvio pensar que aquella prostituta anónima que había llorado por sus pecados y había sido perdonada por Jesús, era justamente la de los siete demonios, a la que Lucas por delicadeza no quiso nombrar para no ponerla en evidencia ante los lectores. 


La segunda equivocación 
Convertida ya María Magdalena en prostituta, se produjo una nueva confusión. Porque San Marcos cuenta que Jesús, pocos días antes de su muerte, fue de nuevo invitado a cenar, esta vez en el pueblo de Betania, y allí otra mujer (una tercera) se le acercó con un frasco de perfume muy caro, y lo derramó sobre su cabeza; los presentes se indignaron con ella por el derroche que había hecho, pero Jesús la defendió y aprobó su actitud (Mc 14,3-9). 
El hecho de que esta mujer (de Marcos) apareciera haciendo casi lo mismo que la pecadora (de Lucas), hizo pensar que se trataba de la misma persona: María Magdalena. Y así, la tres mujeres (María Magdalena con sus siete demonios, la pecadora anónima, y la mujer de Betania) pasaron a ser una sola. (Y como esta última, la mujer de Betania, en el evangelio de Juan se dice que es María, la hermana de Lázaro, ¡terminó también ella siendo una prostituta!) 


Abierta ya esta puerta, no hubo piedad con la pobre Magdalena. La tradición posterior la identificó después con la promiscua samaritana de los seis maridos (Jn 4), y hasta con la adúltera sorprendida en pleno escándalo impúdico (Jn 8). Es decir, cuanta aberración sexual anónima se hallaba en los evangelios, era atribuida a la mujer de Magdala. 
Muchos Santos Padres se opusieron a estas identificaciones, como San Agustín (s.IV), San Ambrosio (s.IV), San Efrén (s. IV).

Pero el papa Gregorio Magno, en una célebre homilía pronunciada en la basílica de San Clemente en Roma el viernes 14 de septiembre del año 591, fijó de una vez por todas tal identidad. Dijo ese día: “Pensamos que aquélla a la que Lucas denomina la pecadora, y que Juan llama María, designa a esa María de la que fueron expulsados siete demonios. ¿Y qué significan esos siete demonios, sino todos los vicios?”. 
Por lo tanto, a partir del siglo VII empezó a sostenerse unánimemente que las tres mujeres eran una sola. 



SÓLO 1 SEGUNDO, JUEVES



“La cultura pierde profundidad... pero también lo más profundo del cerebro es la corteza o lo mas profundo del hombre es la piel"


Vicente Verdú, 
Yo y tú, objetos de lujo, 
Barcelona2011, 
p.26

EL EVANGELIO DE HOY, 18 DE SEPTIEMBRE

JUEVES DE LA SEMANA XXIV
EVANGELIO
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»
Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.»
Él respondió: «Dímelo, maestro.»
Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debla quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.»
Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.»
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»
Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.»
Los demás convidados empezaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»
Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

Lucas   7,36-50
COMENTARIO

Reproduzco el comentario de Jose Mª Castillo que me parece de una claridad evidente y de una vehemencia envidiable.

“De nuevo, el evangelio de Lucas plantea el problema de Jesús como profeta. El hecho es que Jesús tuvo la sensibilidad y la libertad (ambas cosas) de pisar un terreno escabroso para cualquier hombre religioso del mundo. Se trata de la relación del profeta con la mujer. Y, más en concreto, con una mujer de "mala fama", una pecadora, que era conocida como tal en la ciudad.

El relato es claro. Y también provocativo. Durante un banquete, en casa de un fariseo importante, Jesús se deja tocar, besar y perfumar por aquella mujer. Naturalmente, enseguida se planteó la pregunta: "Si este fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer la que le toca: una pecadora" (Lc 7, 39).
 

La respuesta de Jesús al que le invitó (y a los demás invitados que seguramente pensaban lo mismo) fue tajante. Porque vino a decir lo siguiente: lo que importa en la vida no es la "buena imagen", sino ser capaz de dar cariño y de recibir cariño. Con tal que sea cariño auténtico.

Pero en el relato hay algo mucho más profundo y que nos interpela hasta el fondo del alma. Simón, el fariseo que invitó a Jesús, era un hombre muy religioso y estrictamente observante. Ahora bien, el contraste del relato está en que el observante religioso no tenía sensibilidad para la amistad, la bondad en el trato, la delicadeza en las formas. La religión solo le había enseñado a pensar mal de los demás y a despreciar a los pecadores, sobre todo si se trataba de una mujer. Y además, una mujer de mala fama.

En el caso de la mujer, en ella había humanidad (manchada socialmente por el pecado). Pero la humanidad le había dado una enorme sensibilidad. Ante la bondad excepcional de Jesús, no supo sino llorar, besar, perfumar a aquel profeta al que ella tanto quería. Y eso fue lo que le perdonó todos sus pecados. Aquella mujer no tuvo que someterse a ningún rito sacramental. Le bastó con expresar lo que sentía, la humanidad que llevaba en su intimidad y la capacidad de amor que la caracterizaba.

En suma: el amor es más religioso que todos los rituales sagrados. Esto es lo que definía la nueva Religión de Jesús”.