Parroquias de Alcadozo y Liétor

HOMILÍA DEL PAPA EN LA MISA DE CLAUSURA DEL SÍNODO

Las tres lecturas de este domingo nos presentan la compasión de Dios, su paternidad, que se revela definitivamente en Jesús.

El profeta Jeremías, en pleno desastre nacional, mientras el pueblo estaba deportado por los enemigos, anuncia que «el Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel» (31, 7). Y ¿por qué lo hizo? Porque él es Padre (cf. v. 9); y como el Padre cuida de sus hijos, los acompaña en el camino, sostiene a los «ciegos y cojos, lo mismo preñadas que paridas» (31, 8). Su paternidad les abre una vía accesible, una forma de consolación después de tantas lágrimas y tantas amarguras. Si el pueblo permanece fiel, si persevera en buscar a Dios incluso en una tierra extranjera, Dios cambiará su cautiverio en libertad, su soledad en comunión: lo que hoy siembra el pueblo con lágrimas, mañana lo cosechará con la alegría (cf. Sal 125,6).

EL "PATIO" DEL SÍNODO

Discurso del Papa en la clusura del Sínodo: "El primer deber de la Iglesia no es distribuir condenas o anatemas"


Texto completo del discurso de Papa Francisco en lengua española

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO. EL EVANGELIO DEL DÍA 25 DE OCTUBRE.


EVANGELIO
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosa. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: 
–Hijo de David, ten compasión de mí. 
Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: 
–Hijo de David, ten compasión de mí. 
Jesús se detuvo y dijo: 
–Llamadlo. 
Llamaron al ciego diciéndole: 
–Ánimo, levántate, que te llama. 
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. 
Jesús le dijo: 
–¿Qué quieres que haga por ti? 
El ciego le contestó: 
–Maestro, que pueda ver. 
Jesús le dijo: 
–Anda, tu fe te ha curado. 
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Marcos   10, 46-52
COMENTARIO


Flaco favor haríamos al evangelio de hoy si lo redujéramos a una lectura simplista bajo el epígrafe que podría decir algo así: “un ciego más que vio”. Al evangelista Marcos hay que presumirle mucha más inteligencia en aquel tiempo, y a los lectores de hoy un poquito más de profundidad en este tiempo.

Muchas más cosas se podrían decir sobre este texto. Sólo vamos a señalar tres, incurriendo en la temeraria “imposibilidad” de meternos en la mente de Jesús para adivinar lo que pensaba, en el preciso instante en el que se detuvo, pronunciando la palabra que desencadenó toda la acción: “llamadlo”.

Yo me imagino a Jesús pensando:

“Prefiero a un ciego marginal, al borde del camino, cabreado e inoportunamente gritándome, que a cien seguidores acompañantes "haciéndome la ola", sin enterarse, e incapaces de escuchar mis palabras, haciéndolas vida.

“Prefiero a un ciego descarado pero capaz de deshacerse del único bien que tenía, su manto, más que al fiel cumplidor de la Ley, “joven y rico judío” que sintió vértigo ante el cambio de vida que le propuse”

“Prefiero a un ciego no calculador que, sin ver, dio un salto hacia la nada, que dos maduros y reflexivos seguidores de mi grupo, Santiago y Juan, cuyo único salto deseado, los conducía a “sitiales” de gloria y poderío (mi derecha y mi izquierda en el reino de los cielos).

Y es que, en este –digo yo- triple sentimiento de Jesús, Marcos es capaz de “construir” este relato más allá del anclaje histórico al que haga referencia.  

Porque, efectivamente,  a partir de este momento, el ciego se convierte en ejemplo de seguimiento y discipulado, muy a pesar, del “corifeo de pelotas” que pretendían activar el “no molesten al maestro”, porque el “maestro” esta para otras cosas. ¿Quién dijo que en aquel tiempo (¿sólo en aquel tiempo?) no habían “seguratas” prepotentes, que sin la más mínima “entraña de misericordia” se convertían en “controladores” del mensaje del Maestro?

El ciego se convierte en ejemplo de discípulo también frente al joven rico, cuyo texto encontramos un par de historias más arriba en el relato evangelio (y que leíamos hace dios domingos). Y es que el “tener”, convertido en obsesión o en comodidad personal “excluyente”,  se nos revuelve como ídolo que nos tiraniza hasta insensibilizarnos.

Sí, …el ciego se convierte en ejemplo de discípulo frente a los “superdiscípulos” del evangelio de la semana pasado, Santiago y Juan (el texto evangelio inmediatamente anterior y que leíamos el domingo pasado).  Porque, ciertamente, cuando el “poder” nos coloca “por encima”, y la “fama” nos “separa”, uno salta poco y se mueve lo imprescindible no vaya a ser que “me quiten” del sitio.  El ciego, con su salto al vacío, revela más la confianza ante quien le va acoger, que el miedo a perder su seguro, aún podrido, rincón de siempre.